miércoles, 21 de diciembre de 2011

LA PALMA COFRADIERA: Resumen de Nuestro Quinto Año - Enero 2011.

  ENERO 2011

Y llega envuelto en la quietud y el sosiego de los amaneceres fríos de estos días que se antojan nuevos en el calendario. Llega en el silencio absoluto que hace enmudecer hasta al viento, que no se atreve a soplar su habitual cantinela. Llega y pisa esta tierra con la amplia zancada con la que cada Madrugá atraviesa la línea que separa el alma y el cuerpo. Y es así como cada año sucede, sin aviso previo llega rompiendo los esquemas de la razón humana, haciéndose el encontradizo con aquellos que lo estuvieron esperando durante el Adviento y que festejaron su nacimiento en aquel pesebre de Belén.
Casi inexplicable para el entendimiento de los más pequeños, que apenas un par de semanas atrás veían al Niño Dios envuelto en pañales en brazos de su Madre, y ahora se enfrentan a la mirada profunda del Hombre al que también dicen llamar Jesús el Nazareno.
Lo adoran como aquellos llegados de Oriente, con el fervor y la solemnidad que pertenecen a Dios. Lo alaban y sellan sus pies desnudos con besos que no pueden contenerse más en los labios y que se cargan de amor puro y sincero. Así lo recibe La Palma, que en la Epifanía tropieza con el Reo Nazareno, con sus manos atadas, con su macerado rostro y con la fuerza de su palabra, que es vida y verdad.
Muchos podrán señalar que nada hay de diferente en esta fotografía, que es algo que La Palma repite con meticulosidad cada año y que no refleja en plenitud lo que ocurrió en este mes de Enero de 2011. Pues bien, no es así. El Señor estrenaba los besos de La Palma como cada enero y retornaba al recogimiento de su camarín cuando los días volvían a su cotidianidad. Pero no todo fue como siempre, la ausencia se entronizó en cada rincón del Valle e inundó cada resquicio con sombras en las que se intuía el reflejo de la soledad.
Faltaba la Madre, faltaba la luz. María del Valle ya dejaba su casa en el mes anterior para acudir a la Parroquia, donde La Palma la esperaba para que fuese centro devocional de la vida parroquial en ese su año de la Coronación Canónica. Se sintió en demasía la marcha de la Reina del Valle, sin embargo, la ausencia se volvió fría como el hielo cuando en los días después de la Epifanía, la Madre del Socorro atravesaba la histórica ojiva para ser sometida a un proceso de Restauración en las dependencias anejas de la Hermandad. Solo, completamente solo quedaba Nuestro Padre Jesús, que no encontraba la mirada de la Madre, aquella que siempre le confortaba y socorría en su caminar diario al Calvario de nuestros pecados.
Un enero difícil en el Valle. Tiempo de oscuridad y dolor en una casa que olía a melancolía y cuyos muros quedaron enmudecidos, dejando de contar historias medievales y de lagartos enigmáticos. Añoranza en tantos huecos vacíos, en tanta hornacina sin luz, en la soledad que también reinó en el Valle... Hay quien dice que el tiempo parecía eternizarse en la espera del Nazareno, cuyos ojos brillaban más de lo habitual con una tristeza jamás antes vista, tal vez porque la ausencia de una Madre es capaz de hacer llorar al mismísimo Dios.
 
Manuel Valdayo Jerez
Fotógrafo y miembro de nuestro Equipo

Foto: Manuel V.